miércoles, 25 de marzo de 2009

La madre


Nació en 1928 en El Dique, Ensenada. Allí se crió, allí se enamoró, allí se casó. Allí tuvo a sus hijos. Es una mujer que no renuncia ni claudica. Una mujer que se juega por lo que piensa, por lo que cree y por lo que ama. Una mujer que, frente a la maquinaria de la muerte que desató la dictadura, ató un pañuelo blanco a la vida.

Por Miguel Russo
Foto: Nicolás Acuña

Mi abuela paterna llegó al país con sus seis hijos. Su marido se había quedado en España, juntando dinero para el viaje. Justo al año, una semana antes de viajar a juntarse con su familia, se murió de un síncope, a los 36 años. Mi abuela quedó viuda con seis chiquitos en Mar del Plata, donde habían ido a parar, en la casa de unos parientes. Al poco tiempo, se vinieron a la Plata, donde mi abuela había conseguido trabajos de limpieza y cocina con cama. Mi papá, Francisco, el Paco, que era uno de los hijos intermedios, consiguió, con diez años, un trabajo en la fábrica de sombreros Basso e Imperatori para hacer a caballo todos los mandados.

Hebe nació el 4 de diciembre de 1928 en el barrio obrero de El Dique, en Ensenada.

No había nada en Ensenada. De todos modos, fuimos muy felices. Es que los barrios siempre son hermosos. Ensenada tenía la Escuela 22, el Club Unidos del Dique que había fundado mi papá, un club de la gente más pobre, y el club Mariano Moreno, que era de los comerciantes y estaba a dos cuadras de diferencia. Uno vivía por el barrio, por el club. Éramos bastante pobres pero era una pobreza linda porque a nosotros no nos faltaba para comer. Todos los mediodías salíamos a juntar pasto para las ovejas con mi papá y acelga del campo y cardos del campo. Mi mamá, Josefa, la Pepa, cuidaba a un chico con problemas graves en lo de un tambero y le pagaban con leche, 4 o 5 litros de leches con los que hacía queso y crema antes de que se cortara. Había mucho rebusque, mi papá ganaba muy poco y mi mamá cosía para las vecinas. Mi infancia fue feliz, mágica, salvo que mi mamá, como yo tenía asma, me cuidaba exageradamente: ni bien llegaba de la escuela, me sacaba las zapatillitas y me ponía unas de tiento de la fábrica. Y era difícil salir a la vereda con las de tiento. Sólo los sábados o domingos me dejaba salir a jugar y me iba al arenero a jugar a las escondidas y nos tirábamos de lo alto de las pilas de arena. Y estaba el club, claro. Todo el tiempo en el club, uno vivía en el club.
-¿Qué ideología tenían sus padres?
-Papá era antifranquista. Hacía muchas reuniones cuando la guerra, se traía la ropa, se lavaba, se cosía y se arreglaba para mandarla. Y cada vecino o cada pariente traían cartas. Hay cartas que me acuerdo de memoria, me fascinaban: Hoy calentamos remolacha para hacer azúcar; la chancha está por parir; hicimos treinta y cuatro chorizos.

Al terminar la primaria, Hebe aprendió, con su madre, el manejo del telar, a pesar de que le gustaba ser maestra.

Me dijeron que no, que para qué iba a estudiar, que yo igual me iba a casar, que el que tenía que estudiar era el varón. A mi hermano, que no le gustaba estudiar, lo anotaron a las piñas y él se iba, se escapaba. Pero yo seguí aprendiendo corte y confección y telares aunque no me gustaba. Nunca me gustaron las manualidades. Igual hice todo, bordé las sábanas, aprendí a tejer, le hice la ropa a mis hijos, pero no es que me guste, no es lo que más me gusta. Y bueno, después con los telares me gané la vida. Después aprendí a tejer a máquina y después me compré máquinas industriales de tejer, siempre trabajé.

A los 14 años Hebe conoció a quien sería su marido, Humberto Alfredo Bonafini, también del barrio. En 1949 se casaron en la iglesia San Francisco de La Plata y armaron su hogar en el fondo de la casa paterna de Kika, como le dicen a Hebe en su familia y los amigos de la primera época.

Humberto fue el primer amor y el único. Lo conocía de antes porque era del barrio. Él venía a mi casa porque era amigo de mi hermano y en mi casa jugaba al fútbol. Humberto llegó a jugar en Boca y en Gimnasia. Mi papá siempre le decía "vos robándome las mandarinas, después me robaste la hija", porque de chico venía a casa y se subía al árbol para llevarse un montón de mandarinas.
Lo amé, lo sigo amando mucho, fue un gran compañero. Me ayudaba con los chicos, lavaba los pañales, en ese aspecto fue muy buen compañero. No sé si en aquella época se aguantaba más... parecíamos siempre de novios y con todo lo que pasó más todavía.
-Qué recuerda de su hermano?
-Mi hermano era sindicalista. Mi mamá no quería no oír hablar del sindicato, le tiraba todo: los carnets, los volantes. Y, cuando me casé, él traía todo a mi casa. Yo no entendía nada, sólo lo acompañaba a mi hermano, respetaba lo que él quería hacer.
-¿Usted no quería participar o no le interesaba?
-Las mujeres no nos metíamos en política. Las mujeres, como se decía, a cocinar. Y los hombres a hablar de fútbol y de política, mientras esperaban que hiciéramos la comida. Mi papá era radical y se peleaba todos los días a la hora de la comida con mi hermano que se hizo peronista.
-¿Cómo definiría a aquella chica Hebe en esas discusiones?
-A mí me interesaba más lo que decía mi hermano que lo que despotricaba mi viejo, pero cuando yo era jovencita la duda era Gimnasia o Estudiantes, Unidos del Dique o Mariano Moreno.

En 1950 nació el primer hijo de la pareja, Jorge Omar. En 1953, el segundo, Raúl Alfredo. En 1963, los cuatro se mudaron a una casa propia en City Bell. En sus primeros años de casada, Hebe y su madre fabricaban y vendían guardapolvos. Nunca tuvo un trabajo formal pero se las rebuscaba. El aporte económico fundamental para la familia lo hacía Humberto, que llegó a trabajar como obrero de YPF. En 1965, nació la única niña del matrimonio de Hebe y Humberto, María Alejandra.

A partir de ahí me la pasé cuidando pibes. Mandarlos a la escuela, preocuparme por ellos y seguir trabajando mucho. Trabajar para hacernos la casita de adelante, dejar la casa de chapa y de madera para hacer la de material. Y para hacer la de material tuvimos que comprar chapas de segunda clavadura. Y como mi marido trabajaba mucho en YPF no las pudo soldar, las soldé yo, me enseñó a soldar. Creo que éramos pobres, pero era una pobreza digna, otra clase de pobreza. Se aprendía a trabajar, a aprovechar todo, todo lo que era la tierra, el campo.
-¿En qué momento descubrió que, en la Argentina, la pobreza podía dejar de ser digna?
-Lo empecé a ver con los chicos, mi hijo mayor a los 15 años empezó a militar. Entonces claro yo empecé a tener mucha bronca, porque la chica que venía a casa a charlarde política con él, Tini, había ido a Rusia. Y cada vez que venía estaba horas con él, me daba una rabia a mí que estuvieran tanto rato hablando. Ahí ya empezó su militancia, en el Colegio Nacional, en la Anexa. Alejandra fue al Normal 10 y después pasó a Económicas. Ahí ellos aprendieron a ser libres, además de todo lo que les daban para leer. Es que en esa época, hasta el teatro que hacían era comprometido. Tengo todavía los recuerdos de los programas donde ponían "vestuarista: Hebe de Bonafini", porque yo les arreglaba la ropa.


Los años '60.
Mi segundo hijo, Raúl, tenía 10 años y un día voy a la panadería cuando era la huelga del pan. Fui y volví rápido, y Raulito me dice "por qué viniste tan rápido si hay una cola de dos cuadras?". Le conté que era amiga de la Ñata, que me daba el pan por atrás. "Eso no se hace mami", me dijo. Y me dio una explicación que me dejó de la nuca. Eso no me lo saqué más de la cabeza. Tenían desde chiquitos el tema de la solidaridad. Me hacían preguntas: ¿Para qué estudiaban? ¿Para qué estaban en este mundo? ¿Qué era la solidaridad? Decían: Hay que dar lo mejor que uno tiene, la mejor ropa, la mejor comida. Eso era un cachetazo para mí. Ahí los fui conociendo y me fui haciendo con ellos, y los ayudé para sacar pibes, para ir a darles de comer a los chicos que estaban perdidos. Mi hijo más chico tenía dos o tres trabajos y un sueldo se lo pasaba a un amigo que estaba escondido, ¿quién te pasa un sueldo hoy?
-¿No se le ocurrió militar?
-No, para nada. Ellos nunca me lo pidieron tampoco, ellos se conformaban con que yo entendiera lo que hacían y no los censurara. Pero hacía cosas con ellos. Yo me acuerdo que mi hijo me contaba del golpe de Allende y yo decía 'pero si está tan lejos Chile'. Para mí, Chile era Japón, cuando uno es ignorante es así y la ignorancia te lleva a mucha soledad. No entendía por que se preocupaban de algo que ocurría tan lejos.

-Hasta que pasó acá...
-Yo empecé a ver que algo raro pasaba, porque unos días antes del golpe iban y venían los chicos. "No ha de ser tan grave", les decía yo. "Esto viene mal mami, muy mal, faltan muchos compañeros", me decían ellos.
-¿Se imaginaba el 24 de marzo?
-No. Ni ellos. Mi nuera, María Elena, tenía un escondrijo en una raqueta de tenis, quién le iba a creer que jugaba 30 partidos por día, andaba con la raqueta para todos lados, son esas ingenuidades. Ellos tampoco creían, por eso se quedaron hasta el final. Yo les pedía que se fueran. Teníamos familiares en una campito. Allí nadie los encontraría. Pero ellos me decían que me fuera yo. No creían que la cosa iba a llegar hasta donde llegó. Hablábamos mucho, mucho, mucho. Yo traté de comprender, nunca les dije no hagan esto. Los acompañé mucho, sin cuestionarles las decisiones.
-¿Fue tomando consciencia política a través de ellos?
-Claro. No sabía si era de izquierda, nunca leí a Marx. Ni si era peronista. Ahora pueden decirme lo que quieran, marxista, peronista, no me interesa.
-¿Cómo arrancó en Madres?
-Algunas madres nos íbamos reuniendo, preguntando. La madre de un preso a la que nunca pude encontrar más, me avisó que se habían reunido el 30 de abril de 1977. Veníamos en el tren de hacer un trámite y me dijo: "Hebe, se reunieron el viernes y se reúnen de nuevo un grupo de madres con una carta". Yo me reunía con unas madres acá en La Plata, entonces fui ese segundo viernes, con lo cual dijeron que el viernes era de brujas.
-¿Es cierto que antes sólo había ido tres veces a Buenos Aires?
-Sí. Antes de que se llevaran a los chicos, para mí era toda una patriada ir. Después, iba con la ilusión de que los iba a encontrar. Hubo madres que estuvieron dos años yendo con una bolsita con medicamentos y con ropa creyendo que ahí los iban a encontrar. Fue terrible. Yo decía que si no sabíamos de lo que era capaz el enemigo, no íbamos a poder pelear. Y nos costó dos años darnos cuenta de que los chicos no iban a volver, siempre estaba la esperanza de que alguno, en algún lugar, estaría. Una vez me dijeron que mi hijo estaba en Rawson y yo me puse a hablar con los camioneros a ver si me llevaban hasta allá. Otros decían que estaban en San Juan. Se burlaron tanto de nosotros. Una vez no dijeron que en la Unidad 9 había un montón de gente barbuda, que eran los desaparecidos. Y el milico de la puerta preguntaba el nombre y decía "acá no está", como si se acordara el nombre de todos los de adentro. Y así pasábamos de lugar en lugar. Pero eso yo creo que a mí me redobló mucho la fuerza saber. Muchas madres no quisieron saber de las torturas, por ejemplo. Pero yo creo que hay que saber todo para poder pelear. No podemos olvidar que el enemigo fue formado para eso, como pasó con Mussolini, con Hitler, con la Inquisición. El hombre enemigo del hombre. Después tienen hijos y los besan y los llevan a pasear y los quieren.
-¿Puede perdonar?
-No. No me refiero, por supuesto, al perdón menemista ni al alfonsinista. No perdono. No soy ni dios ni cura por lo tanto no perdono, ni me lo planteo.

La separación de Madres.
Siempre me preguntan a mí y las que se fueron, fueron ellas. Yo me quedé. Se hicieron unas reuniones muy importantes, muy grandes, con todas las Madres del país, porque pidieron elecciones para ver si se aceptaba o no la reparación económica y las exhumaciones. Y ellas no quisieron que votaran las Madres del interior. El planteo que yo hacía era que si nadie se hacía cargo de que estaban muertos por qué lo íbamos a decir nosotras. Querían que nosotras dijéramos que los chicos estaban muertos. Nosotras no queríamos que Alfonsín pasara todos los mediodías por la televisión la exhumación de cadáveres para que la gente dijera que estaban todos muertos y se olvidara. Nos querían dar un muerto a cada una por decreto. Eso implicaba que querían la muerte para que las Madres no fuéramos más a la Plaza. Para que nos dejáramos de joder, como dijo Alfonsín. Planteamos que no íbamos a cobrar reparación económica porque no íbamos a ponerle precio a la vida de nuestros hijos. La vida de un joven que dio su vida por la patria no tiene precio, y no íbamos a aceptar la exhumación de cadáveres. No íbamos a prohibir que alguna madre creyera que ese cadáver que se exhumaba fuera el de su hijo, pero lo que no podía haber era un pañuelo blanco en el cementerio. El pañuelo nunca puede estar atado a la muerte, tiene que estar atado a la vida. Ellas pidieron elecciones, las perdieron y se fueron. Yo no hice ni una sola declaración, no me fui, me quedé, que digan de mí lo que quieran. Que soy mandona, dictadora, eso y más, no me importa, pero quiero llevar el movimiento a lo que nuestros hijos querían.
-"Que el movimiento sea lo que nuestros hijos querían". ¿Hay también una razón ideológica en la separación?
-Claro. Nosotras socializamos la maternidad. Socializar la maternidad tuvo un sentido muy discutido también en el grupo. Los periodistas venían y nos preguntaban qué hacía su hijo. Si nosotras contestábamos "mi hijo no hacia nada, lo que pasa que la novia lo llevo y tenía unos amigos...", quedaba como que nuestros hijos eran unos pelotudos. Planteamos la socialización de la maternidad como un paso muy importante para ser madres de todos, sobre todo de aquellos que no tenían madre que reclamara por ellos. Acá hubo familias en La Plata que le llevaron el hijo el 16 de diciembre y el 24 hicieron una gran fiesta en la calle para demostrar que no pasaba nada. Si las nombro las escracho para toda la vida.
-¿No le dan ganas a veces de nombrarlos?
-No, les tengo lástima por lo que le hicieron a sus hijos. Nosotras decidimos ser madres de las monjas francesas, de todos los chicos de La noche de los lápices, de los guerrilleros de Tucumán, de los chicos de Trelew, de los alfabetizadores, de los curas del Tercer Mundo. Empezamos a discutir y a discutir, ellas no lo aceptaron, nosotras sí. Y la situación también tuvo varios pasos. Hubo Madres a las que les costó dejar la foto del hijo en la cartera. Y eso nos separó. No más las fotos de los hijos, las pusimos de la manera más hermosa: tapando la Pirámide de Mayo, bien alto, lo más alto que pudimos, todos sin nombre. Hicimos un trabajo de 5 meses, la gente podía escribir debajo de las fotos lo que quisiera y escribieron cosas maravillosas. Para nosotros no hay Montoneros, no hay ERP, nunca hacemos esas separaciones. Eso es el tema de la separación, más allá de todo lo que digan de mí, que es cierto y más también. Pero yo era presidenta de Madres y era la que ponía el papel higiénico en el baño.
-Una especie de madre de las Madres...
-No sé, pero esto funciona así. Y crece.

Los presidentes de la democracia
-Al frente de Madres fue viendo distintos presidentes constitucionales. ¿Qué opina de ellos?
-Raúl Alfonsín fue un traidor. Carlos Menem fue un ladrón, un chorro que nos robó hasta las ganas de comer y entregó el país. Fernando De la Rúa fue un reverendísimo estúpido, que es lo peor que puede pasar. Prefiero un enemigo de frente y no a esta gente estúpida y cobarde. ¿Duhalde, qué decir de Duhalde que no se haya dicho? Estos dos gobernantes, Cristina y Néstor, son lo mejor, lejos, de cualquier gobierno democrático. Están haciendo más de lo que pueden, nos demostraron que realmente nuestros hijos son sus compañeros y que nosotras sus madres. Y hay que ayudarlos, hay que construir. Yo sé que hacen falta más cosas, que hay mucha gente pobre, que la redistribución de la riqueza todavía no se hace como nosotros queremos pero Cristina lo dice todos los días, está en ese camino. Y yo creo que hay que ayudar ahora, porque estos que se dicen del campo, los terratenientes, como no pueden entrar por elecciones quieren entrar por la ventana, están intentando eso, entrar por la ventana, y no hay que dejarlos.
-¿A quién incluye en su "nosotros"?
-Yo me considero con toda la gente del barrio, con toda la gente que estamos edificando, con los compañeros de Tartagal, con los del sur, con ustedes, los periodistas que no le hacen el juego a los golpistas, también con los que hemos pasado lo que vivimos y, por supuesto, con las Madres.
-Usted tuvo varias definiciones polémicas, pero la que dio sobre el matrimonio Kirchner es la que le creó más enemigos. Después de tantos años de lucha, ¿preferiría tener un enemigo por otras causas?
-No sé. Pero estoy contenta porque se identificaron. Ahora sé lo que son cada uno. Antes estaban escondidos abajo de las polleras de las Madres para usarlas en lo que podían, ahora ya no joden más.
-¿Se fueron?
-No, lo que pasa es que los que están alrededor no los dejan entrar a los programas de radio, a la Universidad. Estoy bastante alertada. Así que el que se pelea conmigo perdió para siempre.
-¿Cuál es la persona más maravillosa que conoció representando a las Madres por el mundo?
-Y... Evo Morales, impresionante, nadie sabe lo que es capaz de hacer. Y después, al lado de nosotros, Sergio Schoklender, un tipo entregado cien por cien a la tarea. El día, para él tiene 30 horas, y todas laborales. Alguien que nunca quiere nada para él.
-Sonó bastante extraño que lo que la sociedad tomaba como el paradigma de madre por excelencia estuviera al lado de quien la misma sociedad creía que era el paradigma del matricida...
-Puede ser cierto. Pero cuando las Madres hacíamos una marcha, Sergio, desde la cárcel, mandaba una adhesión. Y la gente que iba a las cárceles me informaban que lo habían cagado a palos y lo encerraban en la celda de castigo.
-¿Por su adhesión?
-Por mandar una carta de adhesión. Cuatro o cinco palizas le dieron por mandar adhesiones a las Madres y él las seguía mandando y cada vez más fuertes. Pedí una entrevista para verlo y así nació nuestra amistad, empecé a quererlo como un hijo, lo traje a vivir acá, a mi casa. Y es una máquina de trabajar, a la que se suma una inteligencia sin igual. Él hizo el proyecto Sueños compartidos que el gobierno tomó como propio. Estamos a punto de firmar el convenio con todas las provincias, porque nosotros no tenemos plata, entonces el gobierno tomó el proyecto pero nosotros lo que le pedimos es que sea como queremos nosotros, con escuelas, con comedores, con jardines maternales pero con gas, luz, agua y cloacas, porque no se puede construir un barrio para que esté como antes. Ya lo estamos haciendo en Tartagal. Y eso es toda una idea de Sergio.
-Ya van 32 años de lucha. ¿Qué le falta?
-Llegar a un barrio y que los chicos estén felices, que no estén descalzos, que vayan a la escuela. Cuando veo que en el Impenetrable chaqueño hay familias que viven debajo de un árbol, me quiero morir. Tantos pibes cartoneando. Y todo eso está porque falta distribuir mejor la riqueza. Hay que sacarle más a los ricos, un poco más para que la cosa sea un poquito menos injusta.

Hace unos años, en una de las tantas entrevistas, le preguntaron cómo quería ser recordada. Hebe respondió simplemente que como una madre. Como una madre que mostró que, además de lavar, planchar y cocinar, hizo otras cosas. Respondió, simplemente, que la mujer maravilla no existe. Que cualquiera de ellas puede hacer eso que hizo ella. Cualquiera, repitió Hebe. Cualquiera, seguirá diciendo.

Nota publicada en el suplemento Nuestros, del diario Diagonales, de La Plata.

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