viernes, 17 de abril de 2009

Palo Pandolfo presenta su Ritual Criollo


Por Miguel Graziano
En una perfecta alianza musical con el baterista y percusionista Raúl Gutta y con la presencia del joven violinista Jake Falby –que toca en la Orquesta Juvenil de Bostón y está de paso por Buenos Aires–, Palo Pandolfo llega hoy a las 23 a la Casa del Pueblo (49 e/ 9 y 10) a presentar su disco Ritual criollo, bizarro y moderno. La última vez en La Plata, Palo se presentó en El Teatro con trío de guitarra, bajo y batería, una versión rockera que dejó de lado por esta otra, íntima y acústica.
–¿A qué responde esta formación?
–Es que con Gutta formé una alianza musical. Con él armé el disco y es mi compañero de ruta en cuanto a lo estético. Yo buscaba un percusionista y batero interesado en lo afro criollo y di con él de casualidad. El acústico es la sonoridad que más me interesa ahora. Quiero que se entienda la letra. Y de esta manera ofrecemos una visión contemporánea de la música popular, porque está claro que nací y moriré dentro del rock.
–¿Aquella versión que se vio el año pasado no corre más?
–No la estoy haciendo más. Si no puedo ir con Raúl, voy solo. Esta vez vamos a ir con un gringo de 21 años que está viviendo en su casa, donde ensayamos, y al que sumamos enseguida porque está muy bien formado.
Considerado como un trovador moderno, Pandolfo pasó de la psicodelia progresiva de su primera banda escolar, al punk de Don Cornelio y luego creó Los Visitantes, con un perfil entre folclórico y tanguero. De principio a fin, su discografía se advierte siempre catárquica, desbordante y pasional.
–Todos sus discos parecen tener algo de urgente...
–Es que yo no soy un chabón psicoanalizado. Mis canciones son de autoconocimiento. No todo lo que escribo va a parar a una canción, pero si pasan más de dos meses sin componer empiezo a ponerme mal. Además, si no compongo, tampoco toco la guitarra y eso me pone peor. Lo que pasa es que amo la música, amo cantar, eso me alimenta, así que me pongo a componer por necesidad, porque si no lo hago me empiezo a secar.
–¿Cómo es el proceso creativo?
–A veces sale la melodía. A veces tengo un poema. Mejor dicho, un texto encolumnado, porque decir poema es demasiado. Bueno, si la melodía es muy cerrada hay que escribir con una métrica muy cerrada para encontrar la letra justa, con sentido para ser cantada, porque hay textos incantables. Ese es el oficio. Yo tuve esa urgencia por muchos años. Desde chico.
–¿Su primera banda fue escolar?
–Empecé en 1978. O sea que voy a cumplir 30 años con la música, aunque mis recuerdos son de cuando tenía 3 años y cantaba “Twist and Shout” con mis hermanas y una amiga de ellas. Luego empecé a escuchar la radio y me la pasaba con el Sgt. Pepper's. Creo que a los 10 años se me ocurrió traducir “Lucy in the Sky with Diamonds”. Pensaba que cantaba una chica, hasta que mi hermana me dijo que no, que era John (Lennon). Yo no lo podía creer, tenía que saber qué decía esa canción. Agarré un diccionario y con lo poco que había aprendido en la escuela empecé a sacar la letra. Me estaba preparando intuitivamente para escribir. De inmediato me di cuenta que “Muchacha (ojos de papel)”, de Luis Alberto Spinetta, y “Canción para mi muerte”, de Sui Géneris, eran distintas a "noche en la ciudad / sábado". Por esa época un amigo me regaló un disco que le resultaba inescuchable y era ¡Aquelarre! Después fui al colegio y conocí a uno que tenía una guitarra eléctrica. En 1978 armamos la banda y en 1979 debuté. Cuando terminé la secundaria estudiaba para ser físico químico. ¡Qué absurdo!
–Tiempos difíciles...
–Ya andar por la calle despertaba sospechas. La policía nos volvía locos. Ser rockero era estar parado en la vereda de enfrente, la música era una actitud política, pero nosotros éramos muy chiquitos y no entendíamos nada. Teníamos 14 años, estábamos fuera de rango y creo que por eso no nos pasó nada. Los chicos de la Noche de los Lápices tenían un par de años más que nosotros. Hoy no pasa nada, no hay "política pop" aunque no hay que dejar de ver que una canción de un pibe siempre va a decir algo.
–Aunque no lo quiera...
–¡Claro! No me banco a los rockeros que se quejan del rock chabón, o los que critican la cumbia. Ellos dicen “somos chorros, somos drogadictos, somos putañeros y estamos acá”.
–¿Su recorrido del rock a lo folclórico quiere decir algo?
–No fue buscado. Tiene que ver con un trabajo espiritual, de intuición. No es que quiero hacer música latinoamericana contra el imperialismo opresor. Eso lo hacía antes, cuando era hippie. Después llegó Don Cornelio. Y después quería hacer hardcore y terminé haciendo Los Visitantes, con los que tuve una etapa de locura y experimentación psicodélica. Me salía “Estaré” y surgió la música de raíces, me salen Salud Universal, Espiritango y Maderita. Los ancestros hablaron a través de nosotros. Y ahora hay bandas y solistas que trabajan esa veta desde lo instrumental, la sonoridad o las letras. Gente que se deja llevar por las raíces, que se vuelca al bandoneón, a la guitarra criolla, a la percusión. Un movimiento incipiente en la búsqueda de una música más original y propia. Hay una nueva música de fusión de las culturas del mundo. Y hay un movimiento argentino original del que me siento parte. Es como en la plástica. Ahora nadie es pop, ni expresionista, ni cubista, sino todo junto. Me hice en la calle, con la dictadura. Soy la vanguardia. Me gusta laburar y mi lugar es muy mío.

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